Fantômas - Der Golem
The Creature Walks
“A man wrongly convicted of conspiracy to commit espionage against the U.S. is offered his freedom if he can rescue the president’s daughter from an outer space prison taken over by violent inmates.”
“Escape de Nueva York, pero en el espacio”
Antes de mudarme a Buenos Aires (soy de Rafaela, Santa Fe), trabajaba esporádicamente como camarógrafo. No ganaba mucho, pero tuve la oportunidad de laburar con cámaras en vivo, y con un grupo de trabajo muy bueno. Lo hacía por la experiencia, bah.
En un momento, me llaman para cubrir un evento en vivo, en donde se tenía que hacer un trabajo de filmación con varias cámaras un sábado a la noche. Como en ese entonces era un tipo sin nada para hacer, acepté sin tibutear, parecía ser algo interesante.
Mi jefe me contó lo que tenía que hacer. Cubrir una entrega de premios junto a 3 camarógrafos más. Lo que también mencionó que esa entrega estaba totalmente arreglada.
Y no era un tongo secreto, no. El dueño de la marca iba a las empresas de la ciudad y ofrecía “el premio” a cambio de una modesta suma de entre dos mil y tres mil pesos. En público. Rafaela está lleno de personajes así.
Pero igual, que se yo, las empresas pagaban igual por la “magia” de ir a una noche especial, para recibir su premio. No importaba que misteriosamente todos los comensales recibieran premio, como tampoco preocupaba la existencia de categorías como “Mejor lavandería barrio 30 de Octubre”, habiendo solo una lavandería en el barrio. Cosas que a uno le cuesta entender
Llego al salón donde se iba a hacer, un par de horas antes. Varias mesas circulares, con todos los platos ya preparados. Me cruzo con el dueño de cattering y le pregunto si para después de las 1 me reserva una suprema con papas. Me dice “quedate tranquilo, titán” y sigue corrigiendo la posición de los cubiertos, nervioso para que todo salga perfecto.
Acomodo el trípode y pruebo el headset. Sale todo piola, incluso me sobraba tiempo para salir y hablar con los mozos. Todos hablan de que esta noche va a ser muy especial porque toca una banda tropical a la noche. Del premio todos se ríen. Todo un chiste.
Empieza a caer la gente. Lo que uno podía notar mientras bajaba la luz y me preparaba para trabajar, eran las caras. La verdad que no había una emoción por estar. Como si fuera algo tedioso, una continuación del laburo. Ir a comer, esperar tu turno, ganarte un premio, postre, bailar y dormir. Quizás coger, pero con esas caras, por ahí uno no ligaba hace rato
La gente se sentaba. Había mucho silencio. Mi jefe (que también se encargaba de la música), se dio cuenta rápido y empezó a meter un compilado de música, como para ir alegrando un ambiente que venía frío como la noche. Llegaron los locutores, que se aprendían los libretos y, creo, intentaban prepararse para dar un discurso creíble. Al menos lo intentaban.
Arranca la entrega. Apunto con la cámara y hago enfoque. Recibo órdenes por el headset y las sigo lo mejor que puedo. Cuando podía dejar la cámara tranquila en un lado, miraba a mi alrededor. Y la verdad lo único que veía eran ganas de comer, más que recibir un premio.
Solo había una mesa, donde estaban todos los integrantes de una radio local , le ponía un poco de onda. Se reían, charlaban, caminaban y saludaban a los otros comensales. Hacían lo que podían, pero las otras mesas los recibían tan fríamente, que se volvieron a sentar todos rápido.
Mientras se servía la comida, se empezaron a entregar los premios. El plan era: Presentación de la categoría, luego decir “y el ganador es…..” con unos segundos de pausa, y mientras el “ganador” se acercaba a recibir el premio, se contaba una pequeña biografía de la empresa. Después, se sacaban una foto con una promotora del premio, que después caí que era compañera mía de primaria (pero de las que no me daban bola). El mundo es un pañuelo.
En un momento, se comenta al público que abajo de cada silla había un número, en el cual se procedía a sortear “una gran cantidad de premios”, todos de producción local, cedidos por las empresas ganadoras del premio.
Pude ver los premios de antemano, y me sentí un tanto raro. La gran mayoría de ellos no estaban “a la altura de los asistentes”, porque en las mesas se podía ver a la clase media-alta rafaelina.
El primer premio era una moto, cedida por la ganadora en la categoría “mejor distribuidora de motos calle Bv. Santa Fé”. Ese no estaba tan mal. Solo que era una de las motos más baratas, pero bueno, te llevaba.
Lo interesante de todo esto eran el segundo y el tercer premio.
El segundo era una estantería de mimbre. Simple y llanamente eso. Frágil…y de mimbre.
El tercero es la razón de este relato. Lo que me inspiró a escribir. El tercer premio era una simple silla de mimbre, sin apoyabrazos. Una sola. De mimbre.
Ni siquiera un juego completo de 4 sillas. Era una sola y encima, por sobre todo, de mimbre. No podía concentrarme después, pensando constantemente como mierda podías combinar una silla de mimbre, sin apoyabrazos, en tu living. O en cualquier parte de tu casa.
Pasan las horas. Se entregan más premios. Uno iba notando que todos, en algún momento, se paraban. Los aplausos falsos, las miradas de los ganadores, tan embolados y con un poco de frío.
Hago un descanso y me voy afuera a mirar el cielo. Me cruzo con el dueño de un hotel de Rafaela, al cual mi madre conoce y yo tengo un poco de relación con el. Lo saludo y me cuenta algún puterío, y me cuenta que alguna que otra empresa esa noche no mandó al dueño, sino a algún empleado con su familia, “total, con tal de que el Lunes le lleve el premio a la oficina…”. Me alegré, y luego pensé que si un empleado se ganaba la moto era una alta victoria. Porque claro, mientras le lleve el premio a la oficina, que importa si le lleva el premio desde la moto.
Vuelvo. Pasan más ratos. A las doce de la noche en punto, arranca la entrega de premios.
Me preparé para filmas el único momento de emoción real en la cara de los asistentes. Arrancan con la moto. Ganó la radio, y en toda su mesa saltaron con una emoción muy grande. El dueño de la radio (que también era consola en la misma) cuenta la micrófono “por fin vamos a poder hacer móviles más rápido”. Se le notaba la emoción. Sonreí mientras filmaba las llaves en sus manos.
Luego la estantería. Había un spot (los reflectores que se usan en el teatro, la luz guía que enfoca mucha luz en un solo lugar), que iluminaba a la gente caminando hacia el escenario y a los premios. Hasta ese entonces, la estantería (y la silla) seguían a oscuras.
Cuando el locutor avisa que iban a pasar a sortear “esta hermosa estantería de mimbre”, el spot ilumina la frágil estructura de la estantería. No podía dejar de imaginar la cara de los comensales
La gana el dueño del hotel amigo. Se para y mientras lo filmaba caminar, se podía notar la fuerza de voluntad que le ponía para articular una sonrisa. Aplausos, todos falsos (salvo, honestamente, los de la radio). Mientras los locutores le hacían los chistes de rigor “ahora su hotel va a tener mejores muebles, no?”. Mi jefe por el headset “Ojo la cámara que el sarcasmo no joda el balance de blancos, Nico”. Me río.
Ahora le tocaba a la silla. Encima, por sobre todo, la silla era muy chica, comparada con la estantería y la moto. Cuando al tipo que manejaba el Spot se tenía que poner a iluminarla, la verdad es que no se notaba. Algunos levantaron la cabeza para ver si la podían ver mejor. Era realmente un tercer premio. Un pequeño trono para una suerte perra.
Sortean. Noto que no hubo un contador para registrar este sorteo. Más no me preocupa, tampoco hubo un jurado selector.
El locutor “TENEMOS UN GANADOR!”, emoción en la sala. Terrible. Lo anuncian. Y todos miramos a la mesa.
Era el número del dueño de una de las empresas más importantes de la ciudad. Exportaba al exterior. Ejemplo a seguir. Familia con historia en la ciudad. Nobleza pura y piamontesa. Este señor ganaba la silla de mimbre.
Filmarlo me daba pena. La cara de cansado, de orto y de “donde mierda pongo esta silla de mimbre” no se puede describir con palabras. Pero subió al escenario (se demoró un poco, como si no quisiera recibir el premio). Sube. Le estrecha la mano a los locutores. La sonrisa que tenía en la cara era un milagro. Inmediatamente después, agarra la silla y baja. Con ganas de salir de la luz, de ese spot que le mostraba a todos los demás ese premio. Esa silla de mimbre.
Pero el locutor la empeora. Justo cuando el ganador estaba en el medio de la sala, en el lugar reservado para el baile de después, se escucha por los parlantes “Aver, vamos, estrene esa silla señor! vamos, para todo el público!”. El tipo se para en seco. No puede creer la situación, yo agradecí a Dios por estar registrando ese momento. Los rostros. Los rostros que por primera vez en toda la noche sacaban una sonrisa. Pobre tipo, pobre ganador de aquella silla de mimbre.
El spot, por pura maldad, lo ilumina. Ahora es él, rodeado de pura oscuridad, donde lo miraban cientos de ojos, y tres cámaras. El locutor que incitaba a que se siente, en el medio de la pista de baile, en una silla de mimbre, sin apoyabrazos. La situación no puede ser más extraña. Pensé en que el tipo tenía tanta guita que podía comprar a todos los habitantes de Rafaela, yo inclusive, para que vayamos y linchemos al locutor y colguemos su cuerpo en la plaza, y bailemos alrededor de su cuerpo. El tipo por ahí lo pensó, por ahí pensó “tengo tanta guita que te puedo mandar a matar diez veces por eso, hijo de tu gran puta”. A todo esto, el tipo se quedó ahí parado, iluminado.
Al tercer “déle! déle! para las cámaras”, el tipo se sentó. Fue algo muy mecánico, puso la silla enfrente suyo, fue y se sentó. Como no tenía donde apoyar los brazos, los dejo colgando. La silla era tan chica que ponerlo en cuadro se hacía difícil desde la posición que estaba. Igual, pude filmar su cara. La falta de expresión. Las cosas que habrá pensado ese tipo. Las cosas que habrán pasado por su mente, las mil formas que mató al locutor, las mil formas que prendía fuego aquella silla de mimbre.
El locutor pidió aplausos. Los primeros honestos, llenos de risas, de la noche. El tipo se sentó (pero no en la de mimbre), y la noche continuó. Me preguntaba si el tipo se iba a quedar para el baile y el carnaval carioca. Antes del baile, se dejaba el postre, y yo podía ir a comer la suprema con el resto de los cámara y algunos mozos. En aquella mesa, entre compañeros, se habló de política, de algún puterío, y luego de la silla. No era el único que había notado la rareza de aquella silla. Para nadie estaba bien “una sola…encima de mimbre”. Adonde mierda la ibas a poner.
Volví a laburar. El tipo seguía ahí, pero la silla había desaparecido (me contaron, después, que la guardó en el baúl de su auto). Su mujer bailó, pero el se quedó sentado, inexpresivo, por el resto de la noche.
Después del laburo, mi jefe me llevó a mi casa. Me pagó y yo me fui a dormir. El día después, acompañé a mi vieja a hacer unos trámites caminando. Durante las dos horas que caminé con ella, le conté esta historia con todo el detalle posible. Ella me escuchaba. Cuando llegué al final, empecé a inventarle un futuro a la silla, cómo el tipo llegó a la empresa, agarró al primer operario que tenía a mano y se la encajó como “plus por buen servicio”, y que luego el operario se preguntaba que mierda hacer con una silla de mimbre sin apoyabrazos, y como la mujer del operario se la regaló a una amiga que tenía un bar, y que en el bar fue puesta en una esquina, y que ningún parroquiano se sentaba. Y que luego los parroquianos del bar le contaban a los que pasaban por ahí que en esa silla se había sentado el Papa cuando visitó Rafaela y paró a comprar agua en el kiosko “El Pelado”. Y que luego el bar la vendía y terminaba en Inglaterra, y la reina se sentaba en esa silla de mimbre y mandaba a buscar, luego, tres sillas iguales para cerrar el juego. Mi vieja, un amor como es, me escuchó todo el tiempo.
Hoy, cuando le dije que iba a escribir este relato, me recordó un detalle más. Un día fuimos a cenar al restaurant del hotel amigo, de aquel que había ganado la estantería. Me hizo acordar que, mientras hacía la digestión, salí a explorar el hotel, para ver si la encontraba.
La encontré, escondida, en el armario de servicio, donde guardaban toallas. Al lado había más estanterías, pero todas eran de metal.
Ahora que lo pienso, la silla en la que estoy sentado tiene apoyabrazos. Nunca me sentí tan afortunado.
Enero es un mes aburrido. Eso pensaba mientras miraba mi pantalla esperando que me contesten el mail, aunque parte de mi no quería. Quería seguir mirando la pantalla, fundirme entre las noticias de la agencia de noticias rusa y la de corea del norte. Queria seguir mirando a las morochas que pasaban por la calle.
De curioso (o aburrido), agarro mi celular y prendo Twitter. La línea de tiempo se mueve a una velocidad que no sigo ni voy a poder seguir nunca.
De pronto, termina la actualización. Curiosamente, el tweet más actual era uno de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio, mejor conocida como la NASA. La NASA siempre me cayó bien, aunque no tanto como la CONAE, que es como la NASA nuestra, pero con empleados públicos tiípicos de Argentina.
Los tweets de la NASA siempre son informativos, y generalmente invitan con un enlace, a visitar su sitio, quizás para ver una imagen o un video nuevo o leer un paper sobre la futura implementación de asfalto en la Luna. Eran tweets que, si a uno no le gustaba la astronomía, o no le gustaba mirar el cielo, aburrían un poco, pero no éste. Era corto, mucho más breve de 140 caracteres, y parecía como si hubiera estado escrito en un apuro.
El tweet decía, en inglés, “El sol se apagó”. Ni siquiera se dignaron a poner un punto final en el mensaje. Cuando lo leí, pensé que mi aburrimiento y mi cansancio me jugaban una mala pasada, así que cual niño, me refregué los ojos y volví a mirar. Sin embargo, el tweet seguía ahí.
Me quedé perplejo. Cuando miré en mi oficina, para buscar a alguien a quien comentarle, solo ví puestos vacíos. Enero es un mes aburrido, y la gente generalmente aprovecha a vacacionar en él.
No sabía que hacer. ¿Cuánto tiempo me quedaría de vida? ¿Cuándo la gente se va a enterar? ¿Cómo la NASA no avisó antes? Me levanté y salí corriendo a la calle. Miré al cielo y, entre los edificios, pude ver el sol.
- Que boludo -pensé- si hay algo que la NASA me supo responder hace ya muchos años, es que la luz del Sol tarda 8 minutos en llegar a la Tierra.
Miré Twitter de nuevo. El mensaje de la NASA lo habían escrito en ese mismo instante, así que efectivamente, quedaban unos 8 minutos de vida.
8 minutos. Sentí mucho temor al enfrentarme al pensamiento de la muerte, congelado junto a toda la vida del planeta, en una noche eterna, de la cual nadie iba a ser testigo. 8 minutos, en los cuales yo podría haberme quedado parado, mirando el Sol, mientras mis lágrimas caían, pero por suerte me pude incorporar antes, y decidí irme con todo; era uno de los pocos que sabía eso, así que iba a aprovechar y hacer todo lo que siempre quise hacer sin temor a represalias.
Mientras corría a buscar mis cosas, me preguntaba si no era inteligente avisarle a toda la gente que me rodeaba lo que se venía, pero luego pensé que tendría que estar mucho tiempo explicándome y yo quería esos 8 minutos para mi solo.
Miré mi reloj. Toda esta joda de pensar y buscar mis cosas ya me había consumido un minuto.
Al salir por la puerta del edificio, me encontré con mi jefa. Ella me miraba con el mismo rostro de desaprobación, pero en ese momento lo mezclaba con un poco de confusión, porque me veía salir del trabajo cuatro horas antes de lo normal.
- Nunca me caíste bien -le dije mientras me ponía los lentes de sol. Para completar la ironía, le dije que volvía en 10 minutos.
Seis minutos con cuarenta segundos. En todo ese tiempo, el mundo era mío. Así que me dejé soltar, me dejé llevar por mis instintos más bajos. Lo primero que demandó mi cuerpo era una porción de fugazetta rellena, de una de las pizzerías más grandes de Buenos Aires, que por suerte quedaba muy cerca de mi trabajo. Mientras caminaba, pensaba que, a pesar de que parte de mí quería celebrar estos últimos momentos de vida, una parte muy pequeña de mí se sentía muy deprimida. Había muchas cosas que me iba a perder.
Miré al cielo. El sol seguía ahí, pero no por mucho tiempo. Lo miré un poco y le dije:
- No me puedo acordar, a pesar de que haya estado muy sobrio, de la última vez que hice el amor.
Sonreí. Me reconforté mirando el reloj. Me quedaban algo asi como cinco minutos, por lo que había tiempo de sobra, si se llegara a presentar la oportunidad.
Entré al local, concurrido, pensaba en toda esa gente que lo último que iba a hacer en sus vidas era comer una pizza, algo no tan original como morir intentando salvar al planeta, o besando al amor de sus vidas, no, morir comiendo una fugazetta, ser juzgado en la puerta de los Cielos y tener las manos todas aceitadas y con rastros de cebolla en los dientes. Fascinante.
Entre y pedí una porción, como cualquier otro día. La pedí rápido, si era posible. Por más que me fascinara la idea de morir comiendo, no era lo último que tenía planeado hacer. Por suerte, el pizzero ya tenía reservada una porción, la cual agarré y comencé a comer sin pausa. Era una porción recalentada, y podría haber estado mejor, pero era mi última fugazetta, así que la disfruté como si los maestros pizzeros hubieran ido a hacer una peregrinación a Italia para conocer los pasos para hacer la pizza perfecta. Cada bocado me disparaba recuerdos en mi cabeza, no solo de las cosas que siempre soñé pero nunca iba a poder hacer, sino además de mi pasado. Todos esos años estudiando y leyendo sobre el espacio, ¿para qué? Si en menos de cuatro minutos todo iba a cambiar.
Cuatro minutos. “Tantas mujeres, tan poco tiempo” pensaba. Tiempo. Que palabra que significaba tanto y tan poco a la vez. Por un lado, marcaba los pocos granos de arena que quedaban en el reloj de mi vida, pero por el otro, cada segundo y cada minuto que pasaba, el tiempo comenzaba a carecer de sentido.
Mi último minuto sería como un año más para una persona de 90 años. ¿Qué sentido tiene el tiempo cuando la estrella de nuestro sistema solar ya estaba muerta y lo que estábamos viviendo, toda la Humanidad, en esos ocho minutos, era tiempo prestado? Tiempo prestado por la distancia que separaba a la Tierra del Sol. No quería pensar mucho, ya que me quedaba poco tiempo, pero mientras terminaba apurado la porción, me preguntaba si el tiempo para el fotón que sale del Sol y llega a la Tierra es distinto a “mi” tiempo. Como no era astrofísico, y no tenía una calculadora a mano, no podia saber si tenía mas o menos tiempo de vida.
Mientras pagaba la porción y salía de la pizzería, pensaba en la paradoja de los gemelos. Si yo tuviera un hermano gemelo y el se hubiera ido a viajar por el espacio a una velocidad cercana a la de la luz, el envejecería mucho más despacio que yo, y muy probablemente tenga historias muy distintas a las mías para contar, aunque creo que si estuviera en mi situación, se hubiera comportado igual, a pesar de que su tiempo es distinto al mío.
Miré mi reloj, y para lo que supongo que el cuarzo toma como tiempo, me quedaban dos minutos. ¿Que podía hacer con tan poco tiempo? No dejaba de pensar en tratar de hacer algo para hacer reir por última vez a mucha gente, como para que se vayan con una sonrisa, y no con cara de alarma. Miré a la calle. Tantas miradas perdidas en sus temas, en sus asuntos, tantos rostros, tanta gente. Por suerte, una voz me sacó de ese pensamiento, asi que pude aprovechar el poco tiempo que me quedaba.
- ¿Nico, sos vos? -me dijo Ivana, una de las secretarias de mi oficina. Era una morocha infartante de metro setenta. La mire a sus ojos marrones y dejé que mis labios respondieran por mí. La besé como debiera ser en ese momento, como si no hubiera un mañana.
Al principio pude notar que había mucha sorpresa en su rostro, pero por alguna razón no me ligué un cachetazo inmediatamente después. Simplemente se quedó mirándome, con la boca entreabierta.
- Mañana no existe -le dije- así que tuve que hacer algo que siempre quise hacer y que nunca me animé por temor a tu respuesta.
A pesar de que en ese momento parecía muy confiado, estaba aterrorizado por lo que iba a pasar. Quizás no lo había pensado muy bien, porque no quería morirme de un cachetazo en el último minuto de luz en todo el sistema solar.
Ella no dijo nada. Ni siquiera se movió. Así que la agarré de las manos, temblando, para darle un tiempo a que se ponga en una forma digna de morir cuando llegue la noche.
Miré al Sol. Seguía ahí, al menos por unos instantes más, antes que la realidad nos alcance a todos, y veamos un cielo oscuro, que no nos abrigará para nada ante el frío de la muerte del Sol. Imaginé ese momento, toda la gente bajando de sus autos y de los colectivos, mirando más allá de los edificios, y mirar, por primera y última vez, el espacio frío que nos rodearía. Me imaginé una noche sin temor, ni caos, ni pánico. Sólo el silencio en la antesala al gélido frío de la nada.
Miré al Sol. Y ahí estaba, el muy forro. Ivana también seguía ahí, atónita.
- ¿Nunca te pusiste a pensar en lo irrelevante que es el tiempo? ¿Nunca te preguntaste en lo mucho que uno quiere hacer y en lo mucho que uno procrastina diciendo esperar el momento que nunca va a llegar?. Suena muy como una película que te diga que no hay futuro, o que no hay un mañana. Quizás nos perdimos tanto tiempo en pensar lo que vendrá, que nos olvidamos realmente que es el tiempo.
Ivana torció un poco su cabeza. Quizás le parecía una discusión de un loco, de alguien que había cedido al estrés laboral (aunque era enero, y enero es un mes muy aburrido), o que era una conversación muy filosófica para tener afuera de una pizzería, con un tipo con las manos aceitadas y con rastros de cebolla en sus dientes.
En ese instante, saqué mi celular. El reloj marcaba que quedaban menos de 30 segundos y me pareció justo que alguien más se muera sabiendo la verdad.
Le quería mostrar el tweet, que ya había quedado bastante atrás en la línea de tiempo. Ahora, el mensaje más reciente, era de la CNN avisando de que hackers se habían infiltrado en agencias gubernamentales de Estados Unidos. Mientras levantaba una ceja, seguí leyendo mensajes más antiguos, hasta que llegué a uno que la NASA había escrito cuando yo había empezado a comer mi última fugazetta.
En el mensaje, esta vez más extenso que 140 caracteres, avisaban que habían sido hackeados y que alguien había escrito vandalismos en su cuenta, y que no, el Sol no se había apagado. Faltaba, de acuerdo a muchos científicos, mucho tiempo para que eso suceda.
- Huh -recuerdo haber dicho mientras volvía a guardar mi celular. Lo único que Ivana se había dignado a hacer era cambiar más la orientación de su rostro. Me miraba tratando de entender que había pasado en esos pocos segundos de su vida.
- Lindo día -le dije- parece como si el Sol estuviera más cerca de la Tierra, ¿no?
- La verdad que tengo un poco de calor -me respondió titubeando.
En ese instante se me presentó la oportunidad. Por todo lo que había pasado en esos ocho minutos, decidí no dejarla pasar.
- ¿Excelente momento para ir a tomar algo fresco, no? total, es el corte para almorzar.
- Bueno. -durante mucho tiempo no había recibido una respuesta como esa, tan breve y tan perfecta. Fuimos caminando al bar. Miré el cielo. Y ahí estaba el Sol. El reloj marcaba que habían pasado más de 10 minutos. Enero es un mes aburrido, y hay veces donde el tiempo se pasa volando.
I am reading Rendezvous with Rama
“Una de mis novelas preferidas. Corta y extremadamente “dura”, pero donde uno puede cerrar los ojos y estar ahí. Magia pura. Las otras novelas de la cuatrilogía son una cagada (pero el juego para PC er…”
Check-in to Rendezvous with Rama on GetGlue.com
life:
50 extraordinary photographs that quite literally brought war — every war — home to millions of Americans.
In this Eddie Adams’ now-legendary picture of South Vietnamese Gen. Nguyen Ngoc Loan, the casual brutality of the act shocked viewers around the world — and called into question America’s alliance with a military force for which summary execution seemed a matter of little consequence.
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