Enero es un mes aburrido. Eso pensaba mientras miraba mi pantalla esperando que me contesten el mail, aunque parte de mi no quería. Quería seguir mirando la pantalla, fundirme entre las noticias de la agencia de noticias rusa y la de corea del norte. Queria seguir mirando a las morochas que pasaban por la calle.
De curioso (o aburrido), agarro mi celular y prendo Twitter. La línea de tiempo se mueve a una velocidad que no sigo ni voy a poder seguir nunca.
De pronto, termina la actualización. Curiosamente, el tweet más actual era uno de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio, mejor conocida como la NASA. La NASA siempre me cayó bien, aunque no tanto como la CONAE, que es como la NASA nuestra, pero con empleados públicos tiípicos de Argentina.
Los tweets de la NASA siempre son informativos, y generalmente invitan con un enlace, a visitar su sitio, quizás para ver una imagen o un video nuevo o leer un paper sobre la futura implementación de asfalto en la Luna. Eran tweets que, si a uno no le gustaba la astronomía, o no le gustaba mirar el cielo, aburrían un poco, pero no éste. Era corto, mucho más breve de 140 caracteres, y parecía como si hubiera estado escrito en un apuro.
El tweet decía, en inglés, “El sol se apagó”. Ni siquiera se dignaron a poner un punto final en el mensaje. Cuando lo leí, pensé que mi aburrimiento y mi cansancio me jugaban una mala pasada, así que cual niño, me refregué los ojos y volví a mirar. Sin embargo, el tweet seguía ahí.
Me quedé perplejo. Cuando miré en mi oficina, para buscar a alguien a quien comentarle, solo ví puestos vacíos. Enero es un mes aburrido, y la gente generalmente aprovecha a vacacionar en él.
No sabía que hacer. ¿Cuánto tiempo me quedaría de vida? ¿Cuándo la gente se va a enterar? ¿Cómo la NASA no avisó antes? Me levanté y salí corriendo a la calle. Miré al cielo y, entre los edificios, pude ver el sol.
- Que boludo -pensé- si hay algo que la NASA me supo responder hace ya muchos años, es que la luz del Sol tarda 8 minutos en llegar a la Tierra.
Miré Twitter de nuevo. El mensaje de la NASA lo habían escrito en ese mismo instante, así que efectivamente, quedaban unos 8 minutos de vida.
8 minutos. Sentí mucho temor al enfrentarme al pensamiento de la muerte, congelado junto a toda la vida del planeta, en una noche eterna, de la cual nadie iba a ser testigo. 8 minutos, en los cuales yo podría haberme quedado parado, mirando el Sol, mientras mis lágrimas caían, pero por suerte me pude incorporar antes, y decidí irme con todo; era uno de los pocos que sabía eso, así que iba a aprovechar y hacer todo lo que siempre quise hacer sin temor a represalias.
Mientras corría a buscar mis cosas, me preguntaba si no era inteligente avisarle a toda la gente que me rodeaba lo que se venía, pero luego pensé que tendría que estar mucho tiempo explicándome y yo quería esos 8 minutos para mi solo.
Miré mi reloj. Toda esta joda de pensar y buscar mis cosas ya me había consumido un minuto.
Al salir por la puerta del edificio, me encontré con mi jefa. Ella me miraba con el mismo rostro de desaprobación, pero en ese momento lo mezclaba con un poco de confusión, porque me veía salir del trabajo cuatro horas antes de lo normal.
- Nunca me caíste bien -le dije mientras me ponía los lentes de sol. Para completar la ironía, le dije que volvía en 10 minutos.
Seis minutos con cuarenta segundos. En todo ese tiempo, el mundo era mío. Así que me dejé soltar, me dejé llevar por mis instintos más bajos. Lo primero que demandó mi cuerpo era una porción de fugazetta rellena, de una de las pizzerías más grandes de Buenos Aires, que por suerte quedaba muy cerca de mi trabajo. Mientras caminaba, pensaba que, a pesar de que parte de mí quería celebrar estos últimos momentos de vida, una parte muy pequeña de mí se sentía muy deprimida. Había muchas cosas que me iba a perder.
Miré al cielo. El sol seguía ahí, pero no por mucho tiempo. Lo miré un poco y le dije:
- No me puedo acordar, a pesar de que haya estado muy sobrio, de la última vez que hice el amor.
Sonreí. Me reconforté mirando el reloj. Me quedaban algo asi como cinco minutos, por lo que había tiempo de sobra, si se llegara a presentar la oportunidad.
Entré al local, concurrido, pensaba en toda esa gente que lo último que iba a hacer en sus vidas era comer una pizza, algo no tan original como morir intentando salvar al planeta, o besando al amor de sus vidas, no, morir comiendo una fugazetta, ser juzgado en la puerta de los Cielos y tener las manos todas aceitadas y con rastros de cebolla en los dientes. Fascinante.
Entre y pedí una porción, como cualquier otro día. La pedí rápido, si era posible. Por más que me fascinara la idea de morir comiendo, no era lo último que tenía planeado hacer. Por suerte, el pizzero ya tenía reservada una porción, la cual agarré y comencé a comer sin pausa. Era una porción recalentada, y podría haber estado mejor, pero era mi última fugazetta, así que la disfruté como si los maestros pizzeros hubieran ido a hacer una peregrinación a Italia para conocer los pasos para hacer la pizza perfecta. Cada bocado me disparaba recuerdos en mi cabeza, no solo de las cosas que siempre soñé pero nunca iba a poder hacer, sino además de mi pasado. Todos esos años estudiando y leyendo sobre el espacio, ¿para qué? Si en menos de cuatro minutos todo iba a cambiar.
Cuatro minutos. “Tantas mujeres, tan poco tiempo” pensaba. Tiempo. Que palabra que significaba tanto y tan poco a la vez. Por un lado, marcaba los pocos granos de arena que quedaban en el reloj de mi vida, pero por el otro, cada segundo y cada minuto que pasaba, el tiempo comenzaba a carecer de sentido.
Mi último minuto sería como un año más para una persona de 90 años. ¿Qué sentido tiene el tiempo cuando la estrella de nuestro sistema solar ya estaba muerta y lo que estábamos viviendo, toda la Humanidad, en esos ocho minutos, era tiempo prestado? Tiempo prestado por la distancia que separaba a la Tierra del Sol. No quería pensar mucho, ya que me quedaba poco tiempo, pero mientras terminaba apurado la porción, me preguntaba si el tiempo para el fotón que sale del Sol y llega a la Tierra es distinto a “mi” tiempo. Como no era astrofísico, y no tenía una calculadora a mano, no podia saber si tenía mas o menos tiempo de vida.
Mientras pagaba la porción y salía de la pizzería, pensaba en la paradoja de los gemelos. Si yo tuviera un hermano gemelo y el se hubiera ido a viajar por el espacio a una velocidad cercana a la de la luz, el envejecería mucho más despacio que yo, y muy probablemente tenga historias muy distintas a las mías para contar, aunque creo que si estuviera en mi situación, se hubiera comportado igual, a pesar de que su tiempo es distinto al mío.
Miré mi reloj, y para lo que supongo que el cuarzo toma como tiempo, me quedaban dos minutos. ¿Que podía hacer con tan poco tiempo? No dejaba de pensar en tratar de hacer algo para hacer reir por última vez a mucha gente, como para que se vayan con una sonrisa, y no con cara de alarma. Miré a la calle. Tantas miradas perdidas en sus temas, en sus asuntos, tantos rostros, tanta gente. Por suerte, una voz me sacó de ese pensamiento, asi que pude aprovechar el poco tiempo que me quedaba.
- ¿Nico, sos vos? -me dijo Ivana, una de las secretarias de mi oficina. Era una morocha infartante de metro setenta. La mire a sus ojos marrones y dejé que mis labios respondieran por mí. La besé como debiera ser en ese momento, como si no hubiera un mañana.
Al principio pude notar que había mucha sorpresa en su rostro, pero por alguna razón no me ligué un cachetazo inmediatamente después. Simplemente se quedó mirándome, con la boca entreabierta.
- Mañana no existe -le dije- así que tuve que hacer algo que siempre quise hacer y que nunca me animé por temor a tu respuesta.
A pesar de que en ese momento parecía muy confiado, estaba aterrorizado por lo que iba a pasar. Quizás no lo había pensado muy bien, porque no quería morirme de un cachetazo en el último minuto de luz en todo el sistema solar.
Ella no dijo nada. Ni siquiera se movió. Así que la agarré de las manos, temblando, para darle un tiempo a que se ponga en una forma digna de morir cuando llegue la noche.
Miré al Sol. Seguía ahí, al menos por unos instantes más, antes que la realidad nos alcance a todos, y veamos un cielo oscuro, que no nos abrigará para nada ante el frío de la muerte del Sol. Imaginé ese momento, toda la gente bajando de sus autos y de los colectivos, mirando más allá de los edificios, y mirar, por primera y última vez, el espacio frío que nos rodearía. Me imaginé una noche sin temor, ni caos, ni pánico. Sólo el silencio en la antesala al gélido frío de la nada.
Miré al Sol. Y ahí estaba, el muy forro. Ivana también seguía ahí, atónita.
- ¿Nunca te pusiste a pensar en lo irrelevante que es el tiempo? ¿Nunca te preguntaste en lo mucho que uno quiere hacer y en lo mucho que uno procrastina diciendo esperar el momento que nunca va a llegar?. Suena muy como una película que te diga que no hay futuro, o que no hay un mañana. Quizás nos perdimos tanto tiempo en pensar lo que vendrá, que nos olvidamos realmente que es el tiempo.
Ivana torció un poco su cabeza. Quizás le parecía una discusión de un loco, de alguien que había cedido al estrés laboral (aunque era enero, y enero es un mes muy aburrido), o que era una conversación muy filosófica para tener afuera de una pizzería, con un tipo con las manos aceitadas y con rastros de cebolla en sus dientes.
En ese instante, saqué mi celular. El reloj marcaba que quedaban menos de 30 segundos y me pareció justo que alguien más se muera sabiendo la verdad.
Le quería mostrar el tweet, que ya había quedado bastante atrás en la línea de tiempo. Ahora, el mensaje más reciente, era de la CNN avisando de que hackers se habían infiltrado en agencias gubernamentales de Estados Unidos. Mientras levantaba una ceja, seguí leyendo mensajes más antiguos, hasta que llegué a uno que la NASA había escrito cuando yo había empezado a comer mi última fugazetta.
En el mensaje, esta vez más extenso que 140 caracteres, avisaban que habían sido hackeados y que alguien había escrito vandalismos en su cuenta, y que no, el Sol no se había apagado. Faltaba, de acuerdo a muchos científicos, mucho tiempo para que eso suceda.
- Huh -recuerdo haber dicho mientras volvía a guardar mi celular. Lo único que Ivana se había dignado a hacer era cambiar más la orientación de su rostro. Me miraba tratando de entender que había pasado en esos pocos segundos de su vida.
- Lindo día -le dije- parece como si el Sol estuviera más cerca de la Tierra, ¿no?
- La verdad que tengo un poco de calor -me respondió titubeando.
En ese instante se me presentó la oportunidad. Por todo lo que había pasado en esos ocho minutos, decidí no dejarla pasar.
- ¿Excelente momento para ir a tomar algo fresco, no? total, es el corte para almorzar.
- Bueno. -durante mucho tiempo no había recibido una respuesta como esa, tan breve y tan perfecta. Fuimos caminando al bar. Miré el cielo. Y ahí estaba el Sol. El reloj marcaba que habían pasado más de 10 minutos. Enero es un mes aburrido, y hay veces donde el tiempo se pasa volando.