El Cubo de Dyson

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La silla

Antes de mudarme a Buenos Aires (soy de Rafaela, Santa Fe), trabajaba esporádicamente como camarógrafo. No ganaba mucho, pero tuve la oportunidad de laburar con cámaras en vivo, y con un grupo de trabajo muy bueno.  Lo hacía por la experiencia, bah.

En un momento, me llaman para cubrir un evento en vivo, en donde se tenía que hacer un trabajo de filmación con varias cámaras un sábado a la noche. Como en ese entonces era un tipo sin nada para hacer, acepté sin tibutear, parecía ser algo interesante.

Mi jefe me contó lo que tenía que hacer. Cubrir una entrega de premios junto a 3 camarógrafos más. Lo que también mencionó que esa entrega estaba totalmente arreglada.

Y no era un tongo secreto, no. El dueño de la marca iba a las empresas de la ciudad y ofrecía “el premio” a cambio de una modesta suma de entre dos mil y tres mil pesos. En público. Rafaela está lleno de personajes así.

Pero igual, que se yo, las empresas pagaban igual por la “magia” de ir a una noche especial, para recibir su premio. No importaba que misteriosamente todos los comensales recibieran premio, como tampoco preocupaba la existencia de categorías como “Mejor lavandería barrio 30 de Octubre”, habiendo solo una lavandería en el barrio. Cosas que a uno le cuesta entender

Llego al salón donde se iba a hacer, un par de horas antes. Varias mesas circulares, con todos los platos ya preparados. Me cruzo con el dueño de cattering y le pregunto si para después de las 1 me reserva una suprema con papas. Me dice “quedate tranquilo, titán” y sigue corrigiendo la posición de los cubiertos, nervioso para que todo salga perfecto.

Acomodo el trípode y pruebo el headset. Sale todo piola, incluso me sobraba tiempo para salir y hablar con los mozos. Todos hablan de que esta noche va a ser muy especial porque toca una banda tropical a la noche. Del premio todos se ríen. Todo un chiste.

Empieza a caer la gente. Lo que uno podía notar mientras bajaba la luz y me preparaba para trabajar, eran las caras. La verdad que no había una emoción por estar. Como si fuera algo tedioso, una continuación del laburo. Ir a comer, esperar tu turno, ganarte un premio, postre, bailar y dormir. Quizás coger, pero con esas caras, por ahí uno no ligaba hace rato

La gente se sentaba. Había mucho silencio. Mi jefe (que también se encargaba de la música), se dio cuenta rápido y empezó a meter un compilado de música, como para ir alegrando un ambiente que venía frío como la noche. Llegaron los locutores, que se aprendían los libretos y, creo, intentaban prepararse para dar un discurso creíble. Al menos lo intentaban.

Arranca la entrega. Apunto con la cámara y hago enfoque. Recibo órdenes por el headset y las sigo lo mejor que puedo. Cuando podía dejar la cámara tranquila en un lado, miraba a mi alrededor. Y la verdad lo único que veía eran ganas de comer, más que recibir un premio.

Solo había una mesa, donde estaban todos los integrantes de una radio local , le ponía un poco de onda. Se reían, charlaban, caminaban y saludaban a los otros comensales. Hacían lo que podían, pero las otras mesas los recibían tan fríamente, que se volvieron a sentar todos rápido.

Mientras se servía la comida, se empezaron a entregar los premios. El plan era: Presentación de la categoría, luego decir “y el ganador es…..” con unos segundos de pausa, y mientras el “ganador” se acercaba a recibir el premio, se contaba una pequeña biografía de la empresa. Después, se sacaban una foto con una promotora del premio, que después caí que era compañera mía de primaria (pero de las que no me daban bola). El mundo es un pañuelo.

En un momento, se comenta al público que abajo de cada silla había un número, en el cual se procedía a sortear “una gran cantidad de premios”, todos de producción local, cedidos por las empresas ganadoras del premio.

Pude ver los premios de antemano, y me sentí un tanto raro. La gran mayoría de ellos no estaban “a la altura de los asistentes”, porque en las mesas se podía ver a la clase media-alta rafaelina.

El primer premio era una moto, cedida por la ganadora en la categoría “mejor distribuidora de motos calle Bv. Santa Fé”. Ese no estaba tan mal. Solo que era una de las motos más baratas, pero bueno, te llevaba.

Lo interesante de todo esto eran el segundo y el tercer premio.

El segundo era una estantería de mimbre. Simple y llanamente eso. Frágil…y de mimbre.

El tercero es la razón de este relato. Lo que me inspiró a escribir. El tercer premio era una simple silla de mimbre, sin apoyabrazos. Una sola. De mimbre.

Ni siquiera un juego completo de 4 sillas. Era una sola y encima, por sobre todo, de mimbre. No podía concentrarme después, pensando constantemente como mierda podías combinar una silla de mimbre, sin apoyabrazos, en tu living. O en cualquier parte de tu casa.

Pasan las horas. Se entregan más premios. Uno iba notando que todos, en algún momento, se paraban. Los aplausos falsos, las miradas de los ganadores, tan embolados y con un poco de frío.

Hago un descanso y me voy afuera a mirar el cielo. Me cruzo con el dueño de un hotel de Rafaela, al cual mi madre conoce y yo tengo un poco de relación con el. Lo saludo y me cuenta algún puterío, y me cuenta que alguna que otra empresa esa noche no mandó al dueño, sino a algún empleado con su familia, “total, con tal de que el Lunes le lleve el premio a la oficina…”. Me alegré, y luego pensé que si un empleado se ganaba la moto era una alta victoria. Porque claro, mientras le lleve el premio a la oficina, que importa si le lleva el premio desde la moto.

Vuelvo. Pasan más ratos. A las doce de la noche en punto, arranca la entrega de premios.

Me preparé para filmas el único momento de emoción real en la cara de los asistentes. Arrancan con la moto. Ganó la radio, y en toda su mesa saltaron con una emoción muy grande. El dueño de la radio (que también era consola en la misma) cuenta la micrófono “por fin vamos a poder hacer móviles más rápido”. Se le notaba la emoción. Sonreí mientras filmaba las llaves en sus manos.

Luego la estantería. Había un spot (los reflectores que se usan en el teatro, la luz guía que enfoca mucha luz en un solo lugar), que iluminaba a la gente caminando hacia el escenario y a los premios. Hasta ese entonces, la estantería (y la silla) seguían a oscuras.

Cuando el locutor avisa que iban a pasar a sortear “esta hermosa estantería de mimbre”, el spot ilumina la frágil estructura de la estantería. No podía dejar de imaginar la cara de los comensales

La gana el dueño del hotel amigo. Se para y mientras lo filmaba caminar, se podía notar la fuerza de voluntad que le ponía para articular una sonrisa. Aplausos, todos falsos (salvo, honestamente, los de la radio). Mientras los locutores le hacían los chistes de rigor “ahora su hotel va a tener mejores muebles, no?”. Mi jefe por el headset “Ojo la cámara que el sarcasmo no joda el balance de blancos, Nico”. Me río.

Ahora le tocaba a la silla. Encima, por sobre todo, la silla era muy chica, comparada con la estantería y la moto. Cuando al tipo que manejaba el Spot se tenía que poner a iluminarla, la verdad es que no se notaba. Algunos levantaron la cabeza para ver si la podían ver mejor. Era realmente un tercer premio. Un pequeño trono para una suerte perra.

Sortean. Noto que no hubo un contador para registrar este sorteo. Más no me preocupa, tampoco hubo un jurado selector.

El locutor “TENEMOS UN GANADOR!”, emoción en la sala. Terrible. Lo anuncian. Y todos miramos a la mesa.

Era el número del dueño de una de las empresas más importantes de la ciudad. Exportaba al exterior. Ejemplo a seguir. Familia con historia en la ciudad. Nobleza pura y piamontesa. Este señor ganaba la silla de mimbre.

Filmarlo me daba pena. La cara de cansado, de orto y de “donde mierda pongo esta silla de mimbre” no se puede describir con palabras. Pero subió al escenario (se demoró un poco, como si no quisiera recibir el premio). Sube. Le estrecha la mano a los locutores. La sonrisa que tenía en la cara era un milagro. Inmediatamente después, agarra la silla y baja. Con ganas de salir de la luz, de ese spot que le mostraba a todos los demás ese premio. Esa silla de mimbre.

Pero el locutor la empeora. Justo cuando el ganador estaba en el medio de la sala, en el lugar reservado para el baile de después, se escucha por los parlantes “Aver, vamos, estrene esa silla señor! vamos, para todo el público!”. El tipo se para en seco. No puede creer la situación, yo agradecí a Dios por estar registrando ese momento. Los rostros. Los rostros que por primera vez en toda la noche sacaban una sonrisa. Pobre tipo, pobre ganador de aquella silla de mimbre.

El spot, por pura maldad, lo ilumina. Ahora es él, rodeado de pura oscuridad, donde lo miraban cientos de ojos, y tres cámaras. El locutor que incitaba a que se siente, en el medio de la pista de baile, en una silla de mimbre, sin apoyabrazos. La situación no puede ser más extraña. Pensé en que el tipo tenía tanta guita que podía comprar a todos los habitantes de Rafaela, yo inclusive, para que vayamos y linchemos al locutor y colguemos su cuerpo en la plaza, y bailemos alrededor de su cuerpo. El tipo por ahí lo pensó, por ahí pensó “tengo tanta guita que te puedo mandar a matar diez veces por eso, hijo de tu gran puta”. A todo esto, el tipo se quedó ahí parado, iluminado.

Al tercer “déle! déle! para las cámaras”, el tipo se sentó. Fue algo muy mecánico, puso la silla enfrente suyo, fue y se sentó. Como no tenía donde apoyar los brazos, los dejo colgando. La silla era tan chica que ponerlo en cuadro se hacía difícil desde la posición que estaba. Igual, pude filmar su cara. La falta de expresión. Las cosas que habrá pensado ese tipo. Las cosas que habrán pasado por su mente, las mil formas que mató al locutor, las mil formas que prendía fuego aquella silla de mimbre.

El locutor pidió aplausos. Los primeros honestos, llenos de risas, de la noche. El tipo se sentó (pero no en la de mimbre), y la noche continuó. Me preguntaba si el tipo se iba a quedar para el baile y el carnaval carioca. Antes del baile, se dejaba el postre, y yo podía ir a comer la suprema con el resto de los cámara y algunos  mozos. En aquella mesa, entre compañeros, se habló de política, de algún puterío, y luego de la silla. No era el único que había notado la rareza de aquella silla. Para nadie estaba bien “una sola…encima de mimbre”. Adonde mierda la ibas a poner.

Volví a laburar. El tipo seguía ahí, pero la silla había desaparecido (me contaron, después, que la guardó en el baúl de su auto). Su mujer bailó, pero el se quedó sentado, inexpresivo, por el resto de la noche.

Después del laburo, mi jefe me llevó a mi casa. Me pagó y yo me fui a dormir. El día después, acompañé a mi vieja a hacer unos trámites caminando. Durante las dos horas que caminé con ella, le conté esta historia con todo el detalle posible. Ella me escuchaba. Cuando llegué al final, empecé a inventarle un futuro a la silla, cómo el tipo llegó a la empresa, agarró al primer operario que tenía a mano y se la encajó como “plus por buen servicio”, y que luego el operario se preguntaba que mierda hacer con una silla de mimbre sin apoyabrazos, y como la mujer del operario se la regaló a una amiga que tenía un bar, y que en el bar fue puesta en una esquina, y que ningún parroquiano se sentaba. Y que luego los parroquianos del bar le contaban a los que pasaban por ahí que en esa silla se había sentado el Papa cuando visitó Rafaela y paró a comprar agua en el kiosko “El Pelado”. Y que luego el bar la vendía y terminaba en Inglaterra, y la reina se sentaba en esa silla de mimbre y mandaba a buscar, luego, tres sillas iguales para cerrar el juego. Mi vieja, un amor como es, me escuchó todo el tiempo.

Hoy, cuando le dije que iba a escribir este relato, me recordó un detalle más. Un día fuimos a cenar al restaurant del hotel amigo, de aquel que había ganado la estantería. Me hizo acordar que, mientras hacía la digestión, salí a explorar el hotel, para ver si la encontraba.

La encontré, escondida, en el armario de servicio, donde guardaban toallas. Al lado había más estanterías, pero todas eran de metal.

Ahora que lo pienso, la silla en la que estoy sentado tiene apoyabrazos. Nunca me sentí tan afortunado.

Posted on Saturday, January 28 2012.
El Cubo de Dyson Donde no es una esfera
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